Jugar, comprender, acompañar: claves para una conexión verdadera con tu hijo

Niño descalzo caminando sobre una superficie inflable en el gimnasio de integración sensorial de Integra Vidas

Muchos padres y madres me preguntan: “¿Cómo puedo conectar con mi hijo autista? ¿Cómo hacerme entender? ¿Cómo entenderlo yo a él?”. Y aunque no hay una sola fórmula mágica, sí hay caminos posibles. Uno de ellos es el más poderoso de todos: el juego.

El juego es el lenguaje universal de la infancia. Es a través del juego que los niños aprenden, se comunican, procesan el mundo y, sobre todo, se vinculan emocionalmente. Y esto aplica para todos los niños, incluyendo aquellos dentro del espectro autista.

El poder del juego compartido

Conectar con un hijo requiere presencia auténtica y disponibilidad emocional. No se trata de hacer grandes planes, sino de saber aprovechar los momentos. Un juego simbólico, un cuento antes de dormir o una tarde tranquila con títeres puede convertirse en un puente profundo de conexión.

Lo ideal es jugar en las mañanas, cuando el cerebro del niño está descansado y más receptivo. Pero si trabajamos durante el día, también podemos crear momentos especiales en la noche: un baño con juguetes, un cuento interactivo, una rutina de cierre amorosa. Lo importante es que ese tiempo juntos sea de calidad emocional, aunque dure poco.

Jugar desde su mundo: seguir su ritmo y sus intereses

Photo by Ivan Samkov on Pexels.com

Para que el juego se convierta en conexión, debemos adaptarnos al niño. Eso implica:

  • Ponernos a su altura, física y emocionalmente.
  • Ofrecerle una o dos opciones concretas (no muchas).
  • Usar juguetes que le interesen, como un «cara de papa», y aprovecharlos para trabajar áreas específicas: partes del cuerpo, sentidos, colores, sonidos, acciones cotidianas.
  • Involucrar varios sentidos: ver, oír, tocar, probar. Esto enriquece la experiencia y fortalece el aprendizaje.


Respetar sus formas y sus tiempos

A veces, las conductas que nos desconciertan tienen sentido para ellos. Por ejemplo, si un niño necesita dar dos vueltas antes de entrar a un salón, quizás esa sea su manera de calmarse y organizarse. En lugar de interrumpir esa rutina, podemos acompañarlo y entender su función.

Del mismo modo, si tiene un interés profundo —como los carros— podemos usarlo como herramienta pedagógica: contar, clasificar por colores, recrear situaciones cotidianas como ir al supermercado o al banco. No se trata de quitarle sus intereses, sino de convertirlos en aliados para su desarrollo.

¿Y si me siento frustrado como padre o madre?

También es cierto que, como madres, padres o cuidadores, enfrentamos momentos de frustración. Cuando sientas que ya no puedes, tómate un momento. Respira. No permitas que tu hijo te vea desbordado, porque eso puede aumentar su ansiedad.

Pide apoyo cuando lo necesites

No estás solo ni sola. Puedes pedir ayuda a tu red cercana —pareja, familiares, amistades— y también es muy valioso buscar acompañamiento profesional: psicólogos, terapeutas ocupacionales, fonoaudiólogos o especialistas en estimulación temprana.



La perseverancia es parte del camino

No hay progreso sin intentos repetidos. Si hoy no lo logró, quizás mañana sí. Pero si evitamos la actividad por frustración, también le estamos quitando la oportunidad de crecer.

La clave está en tres palabras

Si tuviera que resumirlo todo en tres palabras, serían estas: paciencia, amor y tiempo. No cualquier tiempo, sino tiempo de calidad. Ese en el que miramos con atención, escuchamos con interés y jugamos con alegría.

Conectar con nuestros hijos no es cuestión de saberlo todo. Es cuestión de estar ahí, disponibles, listos para conocer su mundo y acompañarlos a su ritmo. Día a día, paso a paso, juego a juego.


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